Anoche fue especial. Anoche, noche de viernes del 14 de febrero, esa fecha que siempre me negué a celebrar escudándome que solo era una maniobra consumista para sacarnos más dinero y aborregarnos en un sistema que domesticaba al ser humano y bla, bla, bla,…, pero, anoche, por primera vez en toda mi vida, lo celebré. Y mentiría si no reconociera, así, entre tú y yo, que me encantó. Que me dio igual si lo inventó el Corte Inglés, o los japoneses para paliar la crisis de la cuesta de enero, y tener un día más en pico de gastos entre navidades y las rebajas, o que sea verdad que es un día especial. Bueno, para mí, puedo asegurar que fue muy especial.
Todo empezó como un viernes cualquiera, Lourdes quedó de pasar por casa a cenar cuando saliese del trabajo, y yo prepararía la cena. Recuerdo que al principio siempre intentaba impresionarla con recetas complicadas, y poníamos la mesa en el salón, y, con el tiempo, fuimos cambiando la mesa por el sofá y comiendo más o menos lo que nos apetecía, mientras veíamos una peli, y la pequeña Patsy se dormía a nuestros pies. Pero anoche, anoche quería que fuese especial, así que volví a poner la mesa, con todo el gusto que fui capaz.
Me pasé toda la tarde preparándolo, haciendo la compra y acercándome a una tienda de estas de menaje y cosas para la casa a por unos portavelas y unas velas que fuesen bonitas. Fue muy curioso como Patsy, mientras íbamos y veníamos, y me esperaba a la puerta de cada tienda, fue la que se acordó del detalle más importante. Fue al pasar por delante de una platería pequeña, pero que tiene unas cosas preciosas, cuando Patsy tiró de mí ante el escaparate, y allí, vimos un precioso anillo, que, por supuesto, compré para Lourdes. Luego, al llegar a casa llegó el momento de preparar la comida, así que intenté volver a lucirme con un plato que estuviese rico y fuese un poco sofisticado, así que preparé una merluza con una salsa muy especial, que, por suerte para todos, fue un experimento muy satisfactorio. Compré un buen vino blanco que enseguida metí en el frigo, y puse la mesa con las velas y todo, cuidando todos los detalles, pues la ocasión merecía la pena, ¡mi primer San Valentín!
Lourdes apareció justo a las diez por la puerta. Iba preciosa, vestida con un vestido rojo largo debajo de su abrigo, el pelo suelto, toda esa melena morena rizada preciosa, y maquillada con ese toque casi inapreciable que la hace parecer tan distinguida. Por un momento me sentí como un mocoso a su lado, allí estaba ella, toda una señorita, preciosa y con clase, y yo, con un traje oscuro en el que no me acababa de encontrar cómodo, con el primer botón de la camisa suelto, y la corbata un poco abierta, y con mis pantuflas en los pies para rematar el conjunto. Aún así, cuando le recibí, Lourdes me sonrió con un “que guapo” antes del beso de hola, ese beso breve, urgente, cargado de cariño y ganas, que se posa sobre mis labios por un momento, haciendo que todo en el mundo valga más la pena. Así que una vez más su sonrisa hacía desvanecerse mis miedos y mis inseguridades.
Pasamos al salón, y allí, a la luz de las velas, y con la pequeña Patsy (que ya había cenado) acurrucada a sus pies, comenzamos a cenar. Lo serví todo como un gran anfitrión, pues quería, ante todo impresionarla. Aunque creo que después de las tardes anteriores renegando de este llamado día de los enamorados ya estaba bastante sorprendida.
La cena transcurrió entre sonrisas, mientras la escuchaba hablarme de su trabajo, ya ves, algo tan cotidiano, y nunca me ha llegado a cansar escucharlo. Supongo que es porque es parte de su vida, y me encanta sentirme parte de su vida. Poco a poco los platos se fueron vaciando, el vino se fue acabando y llegó el postre. Saqué la mouse de chocolate que había estado preparando esa tarde, y junto al cuenco de Lourdes, en el plato sobre el que iba, se encontraba un pequeño paquete; el anillo. Al verlo se la iluminaron los ojos, y sonrió con esa sonrisa tan amplia, bellísima, que siempre me hace pensar que la vida vale la pena, y que ningún miedo puede hacerme renunciar a seguir adelante, aunque solo sea por sacarle esa sonrisa. Le gustó mucho el anillo, aunque la venía un poco grande, y me lo agradeció con uno de sus besos tan dulces, y con un abrazo.
Nos sentamos a comer la mouse en el sofá, dándonos cada uno al otro cucharaditas a la boca, jugando, y sonriendo cada vez más. Llegado un momento, Lourdes dejó su cuenco sobre la mesa, y se recostó entre mis brazos, nos quedamos abrazados, besándonos, ya con los dos cuencos sobre la mesa, hasta el momento en que, mirándola a los ojos, esos ojos verdosos tan preciosos y que tantas alegrías me están dando, salió de mi boca mi mayor deseo; aquello que nunca pensé que yo me atrevería a decirle: “quédate esta noche conmigo”.
Ahora, como ya comprenderás, porque ya serás mayor para imaginarte las cosas, e imagino que preferirás que evite los detalles, solo diré que Patsy supo que esa noche sería mejor dormir en el salón, que Lourdes y yo no dejamos de demostrarnos todo lo que nos queremos en toda la noche, y que, ahora, justo antes de desayunar y mientras escribo esto Lourdes está empezando a despertarse. Es extraño. Siempre pensé que, al igual que mis amigos, ardería en deseos de contar esto, mi primera vez, y más teniendo en cuenta que siempre se fue retrasando por mis inseguridades y mis problemas. Pero no quiero decir más, es algo tan mío, que solo quiero que Lourdes lo sepa. Porque es solo nuestro. Y es demasiado bello como para explicarlo con palabras.
Nunca pensé que diría esto, y menos que lo escribiría quedando así constancia de que lo dije, pero me ha encantado celebrar San Valentín, sea o no un invento de los japoneses o del Corte Inglés. Me da igual. Para mí, este día, lo hemos inventado entre los dos. Porque seguramente, las cosas bonitas, o tan bonitas, solo se puedan hacer entre dos.